Cómo rezar la lectio divina
La lectio divina es la lectura orante de la Escritura en cuatro pasos: leer despacio un pasaje breve (lectio), reflexionar sobre lo que te dice (meditatio), responder a Dios en la oración (oratio) y descansar en silencio con él (contemplatio), seguidos de un pequeño gesto concreto (actio). Empieza con el evangelio del día y quince o veinte minutos a una hora fija. La Iglesia la ha recomendado desde Orígenes y san Benito hasta el Concilio Vaticano II y la exhortación Verbum Domini del papa Benedicto XVI.
La lectio divina es una manera de orar con un pasaje breve de la Escritura. En latín significa «lectura divina» o «lectura sagrada». Lees un pasaje despacio, piensas en lo que te dice, respondes a Dios en la oración y luego descansas en silencio en su presencia. Basta una Biblia, un lugar tranquilo y unos quince minutos.
¿Qué es la lectio divina?
La lectio divina es una lectura lenta y orante de la Biblia en cuatro movimientos: lectura, meditación, oración y contemplación. No se trata de abarcar mucho texto ni de aprender datos sobre él. Se trata de dejar que Dios hable a través de unos pocos versículos y de responderle.
El Catecismo la describe en una línea: la lectio divina es la práctica «en la que la Palabra de Dios es leída y meditada para convertirse en oración» (CEC 1177).
¿De dónde viene la lectio divina?
La práctica es tan antigua como la lectura cristiana de la Biblia. Orígenes la enseñó en el siglo III, san Benito la incorporó a la jornada monástica en el VI, y en el XII un monje cartujo, Guigo II, dio nombre a sus cuatro pasos en una obra breve conocida como la Escala de los monjes.
El papa Benedicto XVI llamó a Orígenes «uno de los maestros en este modo de leer la Biblia» y citó su consejo a un discípulo: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia» (Verbum Domini 86). Orígenes añadía que leer no basta: «Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio», la oración.
San Benito hizo de esta práctica una parte fija de la jornada del monje. El capítulo 48 de su Regla empieza: «La ociosidad es enemiga del alma», y reserva unas horas para el trabajo manual y otras «en la lectura divina» (Regla de san Benito, cap. 48). La expresión latina es lectione divina.
Guigo II, prior de la Gran Cartuja, describió los pasos como peldaños de una escalera: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. El Catecismo cita el resumen que nació de su obra, «Buscad leyendo, y encontraréis meditando; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación», y en nota la atribuye a Guido el Cartujano (CEC 2654). La frase parafrasea las palabras del propio Jesús: «buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7).
¿Cómo se reza la lectio divina, paso a paso?
Elige un pasaje breve. Léelo despacio (lectio), piensa en lo que te dice (meditatio), háblale a Dios de ello (oratio) y luego descansa en silencio con él (contemplatio). El papa Benedicto XVI, en Verbum Domini 87, nombra además un quinto paso, una acción concreta (actio). Empieza con una breve oración al Espíritu Santo.
1. Lectio: leer. Lee el pasaje despacio, dos veces, en voz alta si puedes. Fíjate en quién habla, en lo que ocurre y en qué palabra o frase te llama la atención. La pregunta aquí es qué dice realmente el texto. Verbum Domini advierte que sin este paso «se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos».
2. Meditatio: meditar. Vuelve a la palabra o la frase que te llamó la atención y repítela. Dale vueltas. Verbum Domini formula la pregunta así: «¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?». El Catecismo lo explica: «Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo» (CEC 2706).
3. Oratio: orar. Ahora responde. Verbum Domini pregunta: «¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?», y enumera las formas: «petición, intercesión, agradecimiento y alabanza». Di lo que es verdad: gracias, una petición, una disculpa, una pregunta.
4. Contemplatio: contemplar. Deja de hablar. Quédate con Dios en silencio unos minutos. El Catecismo llama a la oración contemplativa «una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor» (CEC 2724).
5. Actio: actuar. Verbum Domini añade que «la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad». Elige una cosa pequeña que hacer hoy a raíz de lo que has leído.
¿Cómo es la lectio divina con un pasaje concreto?
Toma la visita de Jesús a Marta y María en Lc 10, 38-42. Son cinco versículos, cabe en un solo rato de oración y trata precisamente de escuchar a Jesús. Así podrían ir quince minutos con este pasaje.
Lectio. Lee el pasaje dos veces (Lc 10, 38-42). Marta recibe a Jesús en su casa. Su hermana María, «sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra». Marta, que «andaba muy afanada con los muchos servicios», se queja. Jesús le responde: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Supón que la frase que te detiene es «andas inquieta y preocupada con muchas cosas».
Meditatio. Repite la frase despacio. ¿Cuáles son hoy esas muchas cosas? Un plazo que vence, una conversación difícil, los resultados de las pruebas médicas de tu padre o de tu madre. Jesús dice dos veces el nombre de Marta, con suavidad, y la llama a salir de la preocupación que hay dentro de su trabajo. Pregúntate qué significaría «solo una es necesaria» en tu día real.
Oratio. Respóndele con palabras sencillas. «Señor, estoy inquieto por muchas cosas. Te traigo cada una. Muéstrame la única que quieres de mí hoy. Ayúdame a sentarme contigo antes de echar a correr».
Contemplatio. Luego guarda silencio, como María a sus pies. Si la mente se distrae, vuelve a las palabras «Marta, Marta», escuchando en su lugar tu propio nombre, y vuelve a soltarlas. Al principio bastan tres o cuatro minutos.
Actio. Elige un gesto concreto. Deja el teléfono en otra habitación durante la cena y escucha a la persona que tienes enfrente, o dedica mañana los diez primeros minutos al evangelio antes que al correo.
Otro día, el mismo pasaje puede detenerte en otra frase, como «la parte mejor». Es normal.
¿Cómo se elige un pasaje y cuánto tiempo lleva?
Lo más sencillo es elegir el evangelio de la Misa del día, que une tu oración a la liturgia que celebra ese día toda la Iglesia. Que el pasaje sea breve: una sola escena o diez versículos como mucho. Quince o veinte minutos es una buena duración para empezar.
Las lecturas del día están disponibles gratis en la web de la USCCB (en inglés). Verbum Domini dice que «en la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia», y que la lectura orante personal «prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra» (Verbum Domini 86).
Los evangelios son el lugar natural para empezar. El Catecismo nombra en primer lugar, entre las ayudas para la meditación, «las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio» (CEC 2705).
Elige una hora fija y mantenla, como la Regla de san Benito daba a la lectura sus horas fijas. El Catecismo es claro sobre el tiempo: «No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor» (CEC 2710). A diferencia de una novena, la lectio divina no tiene un número fijo de días.
¿En qué se diferencia la lectio divina del estudio bíblico y de la contemplación ignaciana?
El estudio bíblico pregunta qué significa un texto; la lectio divina pregunta qué te está diciendo Dios a través de él y le responde. La contemplación ignaciana usa la imaginación para situarte dentro de una escena del Evangelio. La lectio divina se queda más cerca de las palabras mismas. Las tres son buenas y se apoyan entre sí.
El estudio bíblico trabaja con comentarios, historia, lengua y referencias cruzadas. El primer paso de la lectio depende de él, pero la meta es otra. Verbum Domini recuerda que Orígenes sostiene que «entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración» (Verbum Domini 86). El estudio puede terminar en un texto bien entendido. La lectio termina en una conversación.
La contemplación ignaciana viene de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Te representas el lugar, las personas y lo que dicen, y tomas parte en la escena. Ignacio pide a quien ora «ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar» (Ejercicios Espirituales). Con Marta y María, podrías imaginar la habitación, oler la comida y oír la voz de Marta. La lectio divina se quedaría con una frase, «solo una es necesaria», y la repetiría.
El Catecismo reúne ambas bajo el nombre de meditación, que «hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo», y añade: «La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario» (CEC 2708). También recuerda que «un método no es más que un guía» (CEC 2707). La lectio divina por la mañana combina bien con el examen diario por la noche, y el Rosario es el otro método que nombra el Catecismo.
¿Y si te distraes o no sientes nada?
La distracción y la sequedad son normales. El Catecismo lo dice así: «La dificultad habitual de la oración es la distracción». La respuesta no es combatir cada pensamiento suelto, sino volver al corazón. La sequedad, cuando el pasaje parece no decir nada, es un tiempo para seguir orando en la fe.
Sobre la distracción, el Catecismo es práctico: «Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a nuestro corazón» (CEC 2729). Vuelve a la palabra o la frase que elegiste y dila otra vez. Una distracción puede incluso ser útil: el Catecismo observa que «la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado». Si la misma preocupación te interrumpe una y otra vez, llévala a la oratio.
Sobre la sequedad, el Catecismo dice: «Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad», y la describe como «el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro» (CEC 2731). En un día seco, lee el pasaje, dile a Dios una frase sincera, quédate un minuto en silencio y termina. La fidelidad cuenta más que el sentimiento.
No esperes llegar al cuarto paso cada vez: en la contemplación, dice Verbum Domini, asumimos la mirada de Dios sobre la realidad «como don de Dios», no como un resultado que producimos.
¿Qué dice la Iglesia sobre la lectio divina?
La Iglesia la recomienda vivamente. El Concilio Vaticano II exhortó a todos los fieles a leer a menudo la Escritura y a unir la lectura a la oración. El papa Benedicto XVI expuso sus pasos en Verbum Domini, y el Catecismo la pone como ejemplo de meditación cristiana.
La constitución del Concilio sobre la revelación dice que los fieles deben leer a menudo la Escritura, y añade: «Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas”» (Dei Verbum 25). La cita interior es de san Ambrosio, y el Catecismo recoge el pasaje en el CEC 2653.
Verbum Domini, escrita después del Sínodo de los Obispos de 2008 sobre la Palabra de Dios, describe la lectio divina como «verdaderamente “capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente”» (Verbum Domini 87). También advierte contra «un acercamiento individualista»: «hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial» (Verbum Domini 86).
El Catecismo vincula la práctica a la Liturgia de las Horas: la lectio divina «se enraíza así en la celebración litúrgica» (CEC 1177). Como el Ángelus, lleva el ritmo de la oración pública de la Iglesia a un día corriente. Verbum Domini termina su explicación de los pasos con María, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Ese versículo contiene todo el método.
Preguntas frecuentes
¿Se puede hacer lectio divina en grupo? +
Sí. Verbum Domini describe la lectura orante como «personal y comunitaria». En grupo, una persona lee el pasaje en voz alta, siguen unos minutos de silencio, cada uno comparte una palabra o una frase sin entrar a discutir, y el grupo termina con una oración. Parroquias y familias usan a menudo esta forma.
¿Qué traducción de la Biblia debo usar? +
Usa una edición católica aprobada por la Iglesia, como la Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española, que está en abierto en su web, o la Biblia de la Iglesia en América. Para la lectio es mejor una traducción que entiendas con facilidad que una que te mande a las notas a cada línea.
¿Hay indulgencia por leer la Escritura? +
Sí. El manual de indulgencias de la Iglesia concede indulgencia plenaria, con las condiciones habituales, por leer la Escritura como lectura espiritual durante al menos media hora, e indulgencia parcial si es menos tiempo (Enchiridion Indulgentiarum, concesión 30).
¿Tengo que llegar a la contemplación cada vez? +
No. La contemplación se recibe, no se consigue. Verbum Domini dice que en ella asumimos la mirada de Dios sobre la realidad «como don de Dios». Habrá días en que leas, pienses y ores sin llegar a sentir quietud. También eso es lectio divina, y también eso es oración.
¿Puedo usar el Antiguo Testamento o los Salmos? +
Sí. Cualquier parte de la Escritura se puede orar así. Los salmos ya son oraciones y se prestan especialmente bien a la lectio. Los evangelios son el lugar habitual para empezar, porque te ponen delante al mismo Cristo.